Aves del Lago de Capeira

Muestro a continuación algunas aves observadas en El Lago de Capeira. Los dibujos son realizados por Dea Dick. Agradezco a Silvia Hernández que me haya proporcionado este espléndido material.





1 comentario:

  1. Lo más increíble para un citadino como yo fue descubrir que las aves del lago no eran iguales, ni piaban de la misma manera. Hasta ese momento habían para mí dos géneros de pájaros en la laguna: unos pequeños y otros grandes. Dentro de los grandes conocía las garzas que pintaban el islote de blanco por las mañanas y luego unas aves que lo pintaban de negro por las tardes. Así habían zanjado los pájaros sus problemas territoriales sobre la isla. Poco a poco fui descubriendo mi error, cada vez más tremendo, cuando aparecieron cinco especies, ocho especies, doce especies, veinte especies… al final, después de muchas vueltas a la laguna, llegué a contar hasta veinticinco pájaros diferentes volando en derredor.
    Con cada vuelta conocía más a mis plumíferos amigos, con cada vuelta me conocían más. Recuerdo unos pequeños voladores café, olleros les llaman por la zona, que picoteaban en la calle las vainas negras que caían generosamente de los samanes. En mi primera vuelta huyeron apenas me divisaron. En la segunda vuelta saltaron hasta los arbustos contiguos a la carretera. En la tercera distinguí a uno que, conforme me acercaba, se alejó andando por la carretera con tal gracia, que parecía un personaje de la película Fantasía de Disney caminando y frenándose al son de la música. A la cuarta vuelta ya me soportaban a dos metros de distancia… Los que más me sorprendieron fueron los tilingos, aquellas oscuras aves de pico duro que siempre me inspiraron recelo. Alguna vez hasta me picotearon la cabeza. Para mi hubieran llenado perfectamente el paisaje de una película de terror. Sin embargo, fueron los que más amigos se hicieron. No me huían, ni aunque estuviera a medio metro. Algo semejante sucedió con otra enorme ave rapaz de unos treinta centímetros de alto, con unas hermosas patas afelpadas y un pequeño, pero fiero pico: me huyó dos vueltas; a la tercera se dejó fotografiar a dos metros de distancia.
    En esas me percaté, una vez más, que me distraía, que dialogaba poco con Dios. Recordé el «Habla de todas esas cosas con tu amor». Pensé entonces en mis relaciones con la gente. Los olleros me recordaron que a los amigos se consiguen yéndolos a ver, una y otra vez; a base del trato nos llegan a considerar parte de su familia. Los tilingos representaban mis prejuicios contra alguno a quien no había sabido valorar, y el ave rapaz a alguna persona extraordinaria a la que había tenido miedo de acercarme por creer que me despreciaría. Si hemos de llevar gente al cielo, debemos aprender a hacer amigos, y la naturaleza me estaba dando una gran lección.
    Seguí caminando y vi en lo alto de un samán un buitre. Nos mirábamos uno al otro. Él analizaría cuán suculento podría ser yo si estuviera muerto, mientras yo lo miraba con pena. Un ave magnífica, enorme, de la familia de los majestuosos cóndores, que podría volar tan alto, pero que se dedicaba a la carroña. No pocas veces nos identificamos con ese buitre, obcecado con lo de abajo. A algunos metros posando en una rama que se hundía en el espejo del lago, apareció un tremendo pájaro blanco, de cuello y cabeza negros. Pensé en la gente de los movimientos a favor del aborto y en otra gente que se movía con la mejor de las intenciones, pero que tenía oscurecida la cabeza y por eso no eran libres. «La verdad os hará libres» (Juan 8, 32), había dicho Jesús. Sin conciencia clara no se puede ser libre.

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