Así estaban las cosas cuando regresé al Chalet de mi
juventud 26 más tarde.
Como dije en el libro: De pequeño el chalet era la única edificación de la colina. Por eso me sorprendió descubrir nuevas casas, grandes y pequeñas, pomposas y sencillas. Al final vi la conocida bocacalle. Bastaba llegar a ella y mirar a la derecha para encontrarme de nuevo con el chalet de mi niñez. Según me fui acercando, fue apareciendo la verja metálica. ¡Veintiséis años sin pisar estas huellas! Al fin asomó la casa, o, más bien, lo que quedaba de ella. Ya me esperaba los vidrios rotos, y quizá sueltas unas pocas tejas. En eso no me equivocaba, sino en todo lo demás: ya no tenía ningún ventanal, ni ventanas, ni abajo voladizos… las paredes de madera estaban reventadas, era como si hubiera explotado una bomba dentro; una esquina del techo destrozada por una rama de samán caída, la caja del aire acondicionado hecha acordeón; todo era escombros, hasta el mismo jardín, donde habían talado uno y otro árbol. Dos o tres árboles inmensos, donde de pequeño me había trepado con mis mejores esfuerzos, habían sido derribados para convertirse en tablones. ¡Cómo el abandono puede liquidar lo que un día se construyó con tanto esmero!
Y así había quedado la piscina donde aprendimos a nadar:
Le tomé una foto de lejos y decidí bajar para ver si quedaba algo de la piscina de intensos azulejos. Caminé sobre la maleza y a lo lejos distinguí una mancha medio celeste, cubierta de hojas secas y de ramas. Ya no estaba el pato amarillo, ni los infladores, ni mis hermanitos chapoteando, ni mis padres señalando a Albarrada. Rotas las azuladas paredes, la minúscula piscina estaba seca, como yo por dentro. Quizás unas lágrimas hubieran dado un toque dramático al reencuentro con la vieja casa, pero la verdad es que, como dije, estaba seco por dentro.


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