Los colores de la muerte

Luego de mi primera caminata escribí: Como de costumbre, las calles estaban repletas de naturaleza muerta: hojas rojas, hojas cafés, hojas grises, hojas negras. Caminaba sobre todos los colores de la muerte, haciéndolos crujir. Entre paso y paso, entre una y otra avemaría, junto al hilo de las cuentas se fue mezclando el hilo de mi pasado. En mi caminar pateaba alguna que otra roca, removiéndolas para ver si volvía a descubrir algún resto arqueológico que pudiera volverme rico, pero no encontré mayor cosa. ¡Qué tiempos aquellos que la Virgen me hacía volver a mirar! Un poco de melancolía se coló en ese par de horas, pero sólo un poco, porque uno que otro perro, uno que otro pájaro, una que otra mariposa, lo sacaban a uno de la nostalgia. En un atentado contra mi virilidad unas mariposas se pusieron a volar alrededor mío, alguna pegándose contra mi pecho... ¡Parecía Heidi corriendo radiante sobre las montañas! Más allá ladró un bigotudo schnauzer desde la reja de una casa. Batía la cola, buscando juego. Me dio risa ver al gato blanco que dormía detrás suyo. ¡Ni el gato le paraba bola! Y volví a hacer de investigador, y descubrí entre el ramaje y la hojarasca la silueta de insignificantes aves, perfectamente mimetizadas con los ocres del entorno.

Y estos son los colores de la muerte, cada vez más negra...



















No hay comentarios:

Publicar un comentario